EL-MIRRO

Voces del barranco y la ladera

El secreto de su vida

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Tapahuga era un pequeño caserío encaramado a una ladera. Era el lugar donde Iballa pasaría el verano. La playa estaba a un tiro de piedra de la casa, una playa cubierta de piedras y un secreto. De pequeña cada vez que viajaba a Tapahuga esperaba que las piedras se hubiesen convertido en arena y el secreto en una estrella que brillase en el cielo.

Hasta el día que emprendió el viaje estaba convencida de que sus vacaciones iban a estar bañadas por el océano, regadas de arenas blancas e iluminadas por una estrella.

A las cinco de la maña estaba levantada y ultimando los últimos preparativos. Un saco de dormir nuevo, aún sin domar, se resistía a tomar una forma adecuada, por mucho que lo intentaba no conseguía enrollarlo correctamente. El capricho de verlo la noche anterior le estaba costando pasar un mal rato y a punto de llegar tarde a la estación de Puerto Bajo. Debía tomar un ferry hasta Ciudad del Salado y luego otro hasta Bahía Chica. La espera entre transbordos, aburrida y el viaje en barco, rápido el primero y poco interesante el segundo.

Apenas habían pasado tres meses desde el día de su cumpleaños, y siete de las navidades. Dos acontecimientos del último año que transcurrieron en Tapahuga, como todos los años desde que su padre, en un arrebato de soberanía, decidiera instalarse en la casa-cueva heredada de los abuelos.

Sucedió en las navidades anteriores a que Iballa cumpliera los ocho años. El día de reyes cuando los dos hermanos desempaquetaban los regalos encontraron cada uno una carta de su padre, les comunicaba que como regalo especial de reyes iban a tener una casa nueva en la que pasarían las vacaciones y en la que celebrarían los cumpleaños. La casa de los abuelos en Tapahuga a la que él se disponía a regresar, donde había pasado las navidades él solo, para instalarse allí esa misma tarde.
A Iballa le gustaba el lugar y la casa. Le gustaba la playa a los pies de la ladera, le gustaba la paz que se respiraba, pero no era el lugar de sus sueños. Lo que la traía tres veces al año era su padre y era el misterio que encerraba el cuarto cerrado de la casa. El cuarto de los papeles y su padre. Dos razones muy importantes y las dos igual de misteriosas.

La casa tenía seis estancias excavadas en la roca y tres más construidas en la parte frontal con un alargado patio lleno de flores. La estancia del fondo, a la que se llegaba por una estrecha galería de apenas un metro y medio de altura, era el cuarto de los papeles. Una estancia a la que nadie que ella conociera, excepto su padre, había entrado nunca.

Llegó a Tapahuga cuando ya anochecía. El taxista se negó a llevarla hasta el final del trayecto y la dejo a un kilómetro escaso del pueblo, el último tramo hubo de hacerlo a pie por la polvorienta carretera de tierra. Dudaba que le pesaba más; si la mochila o el hecho de haber dejado a su hermano en la ciudad, solo y con una gripe de las que hacen época. Pero ganaba el peso de la mochila, los seis o siete días que iba a estar de reina del lugar le permitirían descubrir el secreto y disfrutar de la playa, que al fin y al cabo era el objetivo de unas vacaciones en la costa.

Su padre la esperaba impaciente mientras repasaba uno por uno los planes para los días siguientes. Desde el cumpleaños de Iballa no había salido a pescar, no había pisado la orilla de la playa, ni había comido nada que no procediera de una lata. Él era consiente de que permanecía en Tapahuga únicamente por guardar el secreto. Nada detestaba más que el mar y la arena pegajosa, y la soledad, y la vida monacal y… pero trataba de aparentar ante todos que vivía en el paraíso.
Como en años anteriores el verano suponía pescar, nadar, tenderse bajo el sol y caminar barranco arriba. Todo perfectamente planificado para dos meses.

Ella arrastraba sus pies haciendo surcos por el polvo como en los más rebeldes días de su infancia. Esta era una oportunidad única, caminaba como quería y no la controlaban, deseaba llegar cuanto antes y sin embargo a cada paso ralentizaba el andar. Al amanecer estaría indagando descubrir el secreto y luego cogiendo olas, por la tarde tomaría el sol. Entonces empezarían las vacaciones.

Mientras tanto su padre recorría impaciente el patio sin apartar la mirada del camino, esperando ver la llegada de Iballa. Hacía ya media hora que un coche había dado la vuelta por el molino y desde entonces no tenía una visión clara del camino, que desde la casa podía verse en escasos tramos. La noche cubría el valle y no deja ver más allá de torre del tendido eléctrico.

Iballa se estrujaba la cabeza intentado preparar una treta que le permitiese una oportunidad para encontrar la llave del cuarto de los papeles y poder conocer un secreto de familia que por más de diez años permanecía oculto tras una puerta, de tablones procedente del casco del “Estrella Negra”, un velero que embarrancó en la playa a finales del siglo XIX.

Cuando cumplió ocho años su padre le contó una extraña historia acerca del cuarto, la puerta y el velero para calmar su ansia por entrar en aquella estancia. Él le prometió que en plazo de diez años, si seguía con vida llegado el verano, permitiría que ella y su hermano conocieran el secreto.
Aquella idea le había hecho permanecer fiel durante todos estos años a las tres citas anuales a Tapahuga, tal vez de lo contrario hubiesen surgido disculpas una y otra vez para eludir los tres viajes a un lugar, que a parte de la playa y su padre nada le aportaban. El padre viajaba cada quince días a la ciudad y en ningún caso hacia el más mínimo comentario en torno a Tapahuga, como si no existiera o como si quisiera ocultarla. Y si a él nada parecía atarle a Tapahuga; a ella menos. Excepto el secreto.

La noche se adueñaba definitivamente del cielo y caminar por la tortuosa carretera se hacía cada vez más difícil. Cogió una caña para ayudarse e indisimuladamente para utilizarla como arma defensiva ante un posible ataque. Tenía verdadera aversión a los lagartos y se negaba a entender que una vez se ponía el sol no aparecía un sólo bicho aunque se le pusieran manjares en el camino. Si bien es cierto que lo que mayor terror le producía era una puerta cerrada.
Sabía que en cuanto abrazara a su padre debía dejar de pensar en el cuarto y por descontado realizar algún comentario a cuenta del mismo. Su padre se irritaba y podía permanecer en silencio durante días, tenía el propósito de provocar la situación que le permitiera conocer el secreto.

El padre se recomía pensando que a Iballa le hubiese pasado algo en el camino, no en vano era la primera vez que hacía el camino sola. También es cierto que por razones que nadie puede explicar sabía que nada malo le podía pasar. Aun así no dudó un momento y salió al encuentro de su hija. Ya no era aquel joven que andaba ligero y salvaba las piedras del camino con los ojos cerrados. Medía la distancia por el número de higueras y piteras que se disponían a un lado y otro del camino. Diez higueras y veintiocho piteras le separaban de la vuelta del pozo y después la Asomada, desde allí aún siendo la noche oscura se podía ver el todo el trayecto hasta el barranco iluminado por el reflejo de la luna en el océano, aunque fuese menguante y el cielo estuviera cubierto de nubes.
Caminó pensativo durante varios minutos con los ojos dirigidos hacia el punto más lejano del recorrido, lo que le costó algunos tropiezos y estar apunto de caer rodando por la vereda. Antes de llegar al pozo oyó pisadas y un leve hilo musical que venía desde la parte baja de la casa del pozo. Era ella, ya estaba allí seguro que vendría hambrienta y cansada, lo que le hacía feliz. Durante un rato podría ejercer de padre protector; preparar la cena y permitir que su hija cayera rendida por el sueño mientras él le contaba una vez más la importancia de ser responsable con los estudios, de comer adecuadamente y de cumplir con sus obligaciones sin que nadie tuviese que recordárselo.

- Iballa, ¿eres tú? Iballa.
- No, si no fuera yo pronto iba a contestarte. ¡Hola papi! ¿cómo estás?
- Bien pequeñita, bien pero preocupado. Es muy tarde, te esperaba antes de las cinco.

Se fundieron en un abrazo mientras ambos repetían insistentemente: Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero…
Era viernes y se habían visto el pasado domingo pero daba la impresión de que habían pasado años. Era como si el encuentro en Tapahuga les trasladara en el tiempo.

- El ferry de Bahía Chica salió con retraso y luego el taxista no quiso seguir por la pista de tierra y… (se encogió de hombros mientras suspiraba profundamente) hace fresco.
- Sí. ¿Qué taxista te trajo?
- El nuevo, el pelirrojo.
- ¡Ah! Es un poco tiquismiquis. Déjame la mochila. Parece que pesa. ¿Para qué quieres el saco de dormir? ¿Qué habrás traído? Eres como…

Iballa le interrumpió.

- Déjalo, no empieces por favor.

Caminaron abrazados hasta la casa. Al llegar la encontraron toda iluminada por las numerosas balizas solares colocadas estratégicamente por todo el patio.

- ¿Y esto? Esta cada vez peor. Movía la cabeza intentando negar lo que en realidad le gustaba.

Entró en la casa mientras su padre revolvía en la mochila haciendo la inspección rutinaria. Una costumbre que comenzó en la etapa de la escuela. Tanto ella como su hermano sabían que no podían esconder nada en la mochila o maleta que fuese a caer en manos de su padre. Pasado el tiempo ambos lo daban por asumido del tal manera que se prestaban voluntariamente al registro aduanero.

Para cuando su padre había terminado ella ya estaba duchada y cambiada de ropa, lista para cenar y aguantar el sermón de costumbre.

El padre se había quitado los zapatos mientras se dejaba abrazar por el viejo sofá. Iballa le levantó las piernas mientras intentaba encontrar un hueco en una esquina del sillón.

- ¿Cómo esta tu hermano? ¿Cuándo viene? ¿Te dijo algo?
- En qué lugar se enamoró de ti. Por favor papi si hablaste con él esta tarde. Me lo dijo cuando le llamé desde el puerto.
- Ya pero una cosa es lo que él me diga y otra muy distinta es lo que tú puedas decirme.
- Nada que ya no sepas y no seas pesado. Y tú, ¿cómo has pasado la semana? ¿Qué has hecho? ¿Has comido? ¿Nos has querido? ¿Te has acordado de nosotros? Anda responde tú por una vez, siempre interrogando y nunca respondiendo. (Pensó que era la oportunidad de entrar a saco con el tema del cuarto de los papeles) Por cierto has limpiado esta semana el cuarto de los papeles es verano y han pasado los diez años para responder a una sencilla pregunta, ¿Te acuerdas? Lo prometido es deuda. Te quiero, papá…

El hombre la miró y por vez primera sonrió al ser interpelado acerca del cuarto. Tal vez era el momento de confesar y acabar de una vez con el misterio, pensó.

- Dejemos ese asunto por esta noche y vamos a cenar que debes estar hambrienta, seguro que no has probado bocado en todo el día. ¿Qué te apetece?
- Lo de siempre, un vaso de leche y un bocadillo. Si tienes pan que no sea integral, mejor.
- Vale pero mañana haremos unas lentejas.
- Que pesado con los potajes y las verduras. Ya decía yo a quién se parecía mi hermano. Ahora le ha dado por pesar hasta los gramos de grasas, hidratos de carbono etc. que nos comemos. Me tiene aburrida.

Comieron y volvieron al sofá, charlaron un rato hasta que Iballa dijo que se iba a la cama. El padre salió al patio a fumar mientras escarbaba entre las macetas intentando descubrir el movimiento de las plantas mientras crecían.

El sábado amaneció como todos los sábados de julio con mucho calor y la suave brisa que bajaba por la cañada. Iballa estaba levantada cuando el primer rayo de sol atravesó la parra que cubría el patio. Hizo café y preparó unas tostadas, sabía que su padre no se levantaría hasta bien pasadas las diez y aprovechó para poner orden en su armario y limpiar el dormitorio. Mientras sacaba la ropa de invierno encontró una vieja bufanda y unos guantes de lana, aún con la etiqueta, que nunca pudo usar. Pensó en lo inútil de aquellos objetos en un lugar como Tapahuga, donde la temperatura nunca bajaba de los veinte grados, era como si una esquimal guardara un bikini por si hacía buen tiempo. Abrió el cajón de la cómoda donde guardaba objetos inútiles y los tiró con cierto desdén, en ese instante se percató de que el cajón estaba vacío y le extrañó. Ella no lo había vaciado pero no había nada. A pesar de la costumbre que tenía su padre de registrar las mochilas, nunca inspeccionaba su habitación ni revolvía entre sus cosas. Aquello era algo muy extraño que debía resolver inmediatamente. Se le ocurrió incluso que su hermano muy dado a esconder cosas, se las había sacado en la última visita para gastarle una broma, y si esto era así debía olvidarse de recuperar algo en mucho tiempo. Su hermano escondía todo lo que se le ponía a tiro y pasado uno o dos días olvidaba el lugar en el que lo había puesto. Se sentó en la cama mientras pensaba en la forma de pedirle explicaciones a su padre sin ofender su confianza. En ese momento le oyó acercarse hasta su habitación.

- Buenos días pequeñita. ¿Cómo has dormido?
- Bien. (Contestó con uno o dos tonos por encima de lo habitual) Mira. El cajón esta vacío.
- Sí, yo he sacado los trastos que tenías amontonados y los ordené en el cajón de arriba. Pensaba ir con ustedes a comparar algo de ropa y quise hacer hueco.
- ¡Vaya! ¿Desde cuándo tú ordenas algo? ¿Y qué vamos a comprar en este sitio?
- Tranquilízate verás como en un par de días ni te acuerdas del cajón.

El padre, con una risa burlona entre los labios, abandonó la estancia y se dirigió a la cocina. Preparó unos huevos fritos y un zumo de naranja mientras apuraba un cigarro.

Iballa permanecía en su habitación haciendo inventario de sus objetos imposibles mientras trataba de apaciguar su enfado. No entendía la postura de su padre y le molestaba que hubiese estado hurgado entre sus cosas. Le molestaba sobremanera que su padre, a quien no se le podía tocar nada, se atreviera a husmear entre sus cosas con una disculpa tan estúpida como inverosímil.
Esta situación le parecía desagradable, pero le autorizaba para insistir en el tema del cuarto de los papeles. Cuando era pequeña preguntaba una y otra vez a su padre por el contenido de aquel cuarto. La respuesta era siempre la misma;

- Nada que por ahora os importe, está lleno de papeles.

Siempre la misma respuesta hasta el día de su octavo cumpleaños. En esa ocasión le hizo prometer que si no volvía a preguntar la dejaría entrar durante el verano posterior a su decimoctavo cumpleaños.
- Iballa, ven por favor.
- ¿Qué quieres? Aún estoy enfadada.
- No seas tonta. Te juro que no miré nada. Lo arreglé todo con los ojos vendados.
- Ja, Ja Y encima te crees gracioso.
- Bueno, que pensabas hacer. Podríamos ir a la peña de Corvo y de esa manera yo pesco y tú te puedes bañar y tomar el sol sin que nos molesten.
- Vale, pero prométeme que si te hablo me contestas y cuando me canse volvemos.
- De acuerdo, pero espabila para pasar antes de que suba la marea.

Iballa se apresuró a preparar un par de bocadillos. La idea de no tener que comer potaje, le compensaba por el mal momento que había pasado. Para cuando ella se había puesto el bikini su padre ya tenía las mochilas y las cañas preparadas. Bajaron a la playa por el camino del Ronco, algo más escarpado y peligroso pero ahorraba veinte minutos de trayecto. Caminaron hasta la peña de Corvo sin haberse dirigido la palabra desde que salieran de la casa.
Tendió una toalla mientras su padre escudriñaba entre las rocas buscando probablemente algún hierro oxidado o algún objeto que le llamara la atención. Durante años baja hasta la playa cargado con una o dos cañas y nunca había subido un solo pescado. Para su padre pescar consistía en lanzar la liña, anclar las cañas a la roca y esperar que los peces picasen mientras él paseaba por los arrecifes y amontonaba hierros y todo tipo de objetos que las olas habían traído hasta la orilla.
De un año a otro seguro que incluso alguno de ellos ya se habría repetido. Pescar era buscar, eso al menos es lo que contestaba cundo se le preguntaba mientras levantaba las piedras y hurgaba en los agujeros de la roca. Ni un pulpo, ni una lapa, ni nada que fuera comestible, sólo hierros, maderas, botellas… que amontonaba y dejaba para que el mar volviese a jugar con ellos.

Iballa no encontraba una posición cómoda sobre la roca y decidió darse un baño. No tardó demasiado tiempo en salir del agua. Se dirigió a donde estaba su padre con la toalla sobre los hombros, aunque era mediodía el agua aún estaba fría y la brisa no ayudaba a entrar en calor.

- ¿Qué haces Papi? ¿Ya estas amontonando basura?
- No es basura, tú desconoces los secretos que el mar puede traer hasta la orilla. Aquí puedes encontrar chatarra pero también puedes encontrar mensajes dentro de botellas lanzados al mar en los más lejanos confines de la tierra, restos de naufragios, objetos caídos de los barcos que atraviesan el océano y tesoros, también tesoros.
- Anda papi que ya no tengo ocho años, los cuentitos los dejas para mi hermano que aún cree en hadas y duendes.
- Te sorprenderías si supieras los secretos que esconde el mar.
- ¿Tantos como el cuarto de los papeles?
- En el cuarto de los papeles no hay secretos desde el mismo momento en el que entraron allí.

La conversación empezaba a tomar un cariz bastante interesante para los intereses de Iballa y quiso darle cuerda a su padre para que continuara contando, pero este haciendo un ademán de cansancio propuso el regreso a la casa. Era la primera vez que su padre proponía el regreso y tampoco era cuestión de desaprovechar la ocasión, al fin y al cabo el día no estaba apetecible y el regreso le podría permitir indagar in situ acerca del cuarto de los papeles.
Volvieron por donde habían venido haciendo escala en el bar y comprar algo de comida preparada. Todo iba saliendo bien, su padre estaba dispuesto a hablar del cuarto cerrado y a renunciar al potaje.

Comieron y al terminar, su padre le pidió que le dejase descansar un par de horas y luego saldrían a dar un paseo. Él cogió un libro y se encerró en su habitación, lo que a Iballa le extrañó pues nunca cerraba la puerta. Las cosas iban tan rápidas y tan diferentes a otras ocasiones que no le puso mayor importancia. Ella encendió el televisor y puso una película en el DVD, una vieja, de las que su padre ponía cuando quería que se durmieran. Durmió algo más de dos horas, cuando despertó, oyó música al fondo de la cueva, era una canción mejicana y supo que su padre ya estaba en pie. Esta música solo la escuchaba cuando estaba en estado de euforia o sumido en un estado depresivo, por lo que se decidió a enterarse del estado de su padre. Su sorpresa fue mayor al ver que la puerta del cuarto de los papeles estaba abierta. Una sensación de emocionado nerviosismo recorrió todo su cuerpo hasta el punto de dejarla inmovilizada.
Tenía ante sus narices lo que llevaba esperando durante años y era incapaz de dar un solo paso hacia el secreto que escondía el misterioso cuarto.
La emoción subió como la espuma al oír a su padre llamarla.

- Iballa, puedes pasar. Es lo que querías, es lo que llevas intentando desde hace casi diez años. Ven.

No podía creerlo todo había sido más sencillo de lo que había imaginado nunca y ya sólo quedaba ver con sus propios ojos. Descubrir el secreto encerrado por tanto tiempo.

- Anda si son libros, todos iguales.
- No, no son libros son diarios, son los diarios de una jovencita que para mí fue una desconocida durante algún tiempo y hoy creo conocerla mejor que ella misma. Recuerdas aquellas navidades que pase aquí solo. Pues en esa nochevieja bajé hasta la playa para dar un paseo y ver los fuegos artificiales de Bahía Chica. La vista desde la playa es mala y me acerqué a la peña de Corvo, allí pasé el cambio de año sin uvas pero con millones de estrellas sobre mi cabeza. Cuando me disponía a regresar una ola me alcanzó por lo que retrocedí para volver por el camino de la cueva, es más largo pero más seguro. Al llegar a la cueva vi como un baúl flotaba en una charca, lo abrí y descubrí alguno de estos diarios. Los cogí y los traje a la casa. Pasé toda la noche leyendo y deduje que no eran los únicos, estaban ordenados en atillos por semanas, meses y años pero faltaban otros. A la mañana siguiente volví temprano a inspeccionar el lugar y tan solo hallé otro atillo. Al otro día lo mismo y de esta forma uno cada día hasta la víspera de reyes en la que no encontré nada. Los conté y pude ver que estaban todos los diarios escritos por una niña desde el día que cumplía los ocho años hasta los dieciocho. Volví a la ciudad decidido a dejarla y volver al pueblo para ponerlos en orden y leerlos, para tratar de descubrir quién era. Únicamente había leído el primero y fue suficiente para reconocer en aquella niña a alguien muy especial para mí. Seguí yendo todos los días a la playa y nunca más apareció nada. Pero debía custodiar el lugar para evitar que otra persona pudiese violar la intimidad de aquella niña. El último que encontré es el de esta semana, por eso hoy es el día. Hoy los debes conocer. Mira son los diarios de Iballa y cuanto ella escribió te ha pasado a ti durante estos años, son tus diarios, tus secretos y ya es hora de que seas tú quien los custodie.

- Por cierto si tu hermano no vino no fue a causa de la gripe, yo se lo pedí.

Salió de la habitación emocionado, liberado y con lágrimas en los ojos.

Mientras, Iballa entre sorprendida y asustada comenzaba la lectura de su vida.
El secreto de su vida.

2009/01/14 Publicado por atiarcar | Barranco | | 2 comentarios

El Cazador de Respuestas

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En Vallebajo, la vida pasaba rápidamente.
Todo era rápido en Vallebajo, los días duraban los pasos de sol justos que cada uno necesitaba para cumplir sus labores.
Nada alteraba las costumbres de sus pobladores desde el día de su nacimiento hasta su muerte.

Así, Pablo Panadero empezaba su trabajo antes de la salida del sol y lo terminaba cuando el sol llegaba a la Cañada del Mediodía. José Sastre, dedicaba cuatro pasos de sol a confeccionar las ropas de los vecinos y dos pasos a remendar las que con el tiempo se habían estropeado. Lola Zapatera hacía y reparaba el calzado durante nueve pasos del sol cada jornada. María Alimentos, cultivaba el huerto de las hortalizas durante seis pasos de sol. Miguel Escoba, limpiaba todas las casas del pueblo durante seis pasos de sol, dos antes del amanecer, dos a la puesta y dos con la luna sobre la Montaña de la Salida. Y de esta manera todos y cada uno de los vecinos. Al terminar la tarea encomendada todo el mundo estaba obligado a permanecer en su casa hasta una nueva jornada.

Cuando nacía un nuevo habitante se hacía una gran fiesta que empezaba a la salida del sol y terminaba cuando se escondía detrás de la Montaña del Secreto.
Ese día al recién nacido, la comunidad le encomendaba la labor que estuviese vacante. Cuando nació Doramas la única vacante era la de Cazador de Respuestas. Y Doramas desde ese momento se llamaría “Doramas Cazador de Respuestas”. Era una de las labores más interesantes y entretenidas, pero también era la que más pasos de sol necesitaba y la que más lugares obligaba a visitar, unas veces para buscar respuestas y otras para entregarlas.

Los Vallebajenses eran muy curiosos y siempre tenían preguntas preparadas para Doramas Cazador de Respuestas.
A su corta edad ya había cazado muchas respuestas.

- ¿Dónde vive Paco Sanador?
- ¿Cuántas casas tiene Vallebajo?
- ¿Cómo se llega a la fuente fresca?
- ¿Qué camino es más corto para llegar a el pozo?
- ¿Quién arregla los zapatos?…

Y de esta forma cientos de respuestas cazadas cada jornada.

En Vallebajo nunca se hacía nada sin una buena razón y mucho menos una pregunta, lo que le obligaba a salir de inmediato a cazar la respuesta adecuada.

- ¿Qué son los solsticios?
Pregunto un día Alfredo Segador.

Y Doramas Cazador de Respuestas, corrió de inmediato a cazar la respuesta. Cazar una respuesta no era una tarea sencilla pues él no podía preguntar, sólo cazar la respuesta poniendo cebos y esperando que algún lugareño le proporcionara la pieza. Después de caminar doce pasos de sol y doce de luna se encontró con Alberto Labrador, y pensó que si éste labraba la tierra y sembraba las simientes que luego segaría Alfredo Segador, era posible cazar allí una respuesta.
Pensó en varias alternativas para poner cepos y todas le parecieron estúpidas o sin sentido. Para empezar; Doramas Cazador de Respuestas desconocía el significado de la palabra “solsticio” y mucho menos lo que era.

Se le ocurrió canturrear.
Sol, sol, sol, solsticio Ven conmigo sol, sol, sol Solsticio ven conmigo.

Alberto Labrador, ni se inmutó, no pestañeo ni abrió su boca.
Doramas Cazador de Respuestas se entristeció, estaba cansado y le dolían las piernas, pero hasta que cazara la respuesta no podía parar. Tomó un trago de agua y continuó su camino. Cuando aún no habían trascurrido cuatro pasos de sol llegó a la casa de Susana Molinera y pensó que si Alberto Labrador labraba y sembraba, y si Alfredo Segador segaba, y Susana Molinera molía el grano, ella debía conocer la respuesta.

Volvió a canturrear…
Sol, sol, sol, solsticio Ven conmigo sol, sol, sol , solsticio ven conmigo.

Susana Molinera le miró con cara de asombro pues Federico Cantador podía enfadarse si oía como Doramas Cazador de Respuestas cantaba, no siendo ésta su labor. Doramas Cazador de Respuestas volvió al camino no sin antes tomar un trago de agua. Caminó sin descanso, y sin contar los pasos de sol.

Pasó muchas jornadas intentando cazar la respuesta a la pregunta de Alfredo Segador. Hubo de recorrer varias aldeas hasta que llegó a un pueblo al otro lado de las montañas. En el camino de entrada había un gran cartel que ponía “Bienvenido a Pueblosaberes”.
Nadie de Vallebajo había llegado nunca a Pueblosaberes, seguro que ni tan siquiera sabían de su existencia.
En Pueblosaberes, las casas se disponían en hileras, unas frente a otras. Sus habitantes parecían alegres, vestían ropas diferentes y de muchos colores. Cuando se cruzaban en el camino se saludaban y paraban a conversar. Con un sólo vistazo vio varios artesanos que realizaban la misma labor, vio a hombres y mujeres trabajando en las huertas, y lavando la ropa, y, y, y,…

Lo que sus pequeños ojos estaban viendo era imposible en Vallebajo. No salía de su asombro, a cada paso que daba encontraba algo nuevo. Contó hasta tres panaderías y cuatro herrerías, dos zapaterías, dos talleres de costura, cinco molinos, tres tiendas…
Doramas Cazador de Respuestas, daba vueltas sobre sí mismo, tantas que terminó mareándose y cayendo sobre el suelo empedrado. Cuando despertó se encontraba en una cama y una mujer con un largo vestido blanco le ponía paños fríos en la cabeza. Pensó en preguntar dónde estaba y quién era esa señora tan amable, pero él era un profesional y sabía que no podía preguntar, únicamente cazar respuestas.

- Hola, soy Doramas Cazador de Respuestas, y vengo desde Vallebajo, a cazar…
- Muy bien, yo soy Ángela, Ángela Sanadora y vengo a la clínica para ver que te ocurre (Le respondió la mujer, interrumpiéndole su explicación) y no creo que tengas los pies para ir de caza, además en esta época del año no hallarás gran cosa pues los animales están en temporada de cría.
- ¡No! (exclamó Doramas Cazador de Respuestas) no soy cazador de animales, soy cazador de respuestas.
- Bien, pues ahora debes descansar y ya mañana hablaremos con más calma. Toma esta sopa y verás como duermes de un tirón.

Doramas Cazador de Respuestas quiso replicar en el momento que Ángela Sanadora abandonaba la habitación. Se encontraba tan abatido como intranquilo y optó por dormir. En Pueblosaberes no parecía que parar las labores por unos cuantos pasos fuese contra las normas. Quiso dormir, y lo intentó, vaya que si lo intentó. No obstante el hecho de no haber cazado aún la respuesta le impidió conciliar el sueño.
A la salida del sol estaba tan cansado que no tenía fuerzas para levantarse. Antes de que pasara un paso de sol se abrió la puerta y entro Ángela Sanadora, esta vez acompañada de un hombre con melenas largas blancas y blancas largas barbas.

- Buenos días, señorito perezoso. Te presento a Daniel Enseñador.
- Buena jornada, señora. Buena jornada señor. (Respondió Doramas Cazador de Respuestas)
Daniel Enseñador miró fijamente a Doramas Cazador de Respuestas y le preguntó:
- ¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Por qué no estás en la escuela? ¿Cómo has llegado? ¿Dónde están tus padres? ¿Qué buscas en Pueblosaberes? …
- Permítame que me explique, (respondió Doramas Cazador de Respuestas) Nunca me habían hecho tantas preguntas de una vez y no se si podré cazar todas las respuestas antes de la próxima salida del sol.
- ¿Cazar respuestas?, ¿De qué hablas?, ¿Nos intentas tomar el pelo?

Doramas Cazador de Respuestas se dio cuenta de que debía dar respuestas de inmediato o tendría problemas, y de esta forma empezó a relatar todo lo que le había pasado desde que salió de Vallebajo, les contó como sucedían las jornadas de sol y las de luna en Vallebajo. Les habló de las costumbres, del paisaje, de los Vallebajenses. Y les contó lo que le había llevado hasta Pueblosaberes.
Daniel Enseñador y Ángela Sanadora rieron tan fuerte que en unos instantes casi todo el pueblo estaba frente a la clínica de Ángela Sanadora.

- Vamos, Doramas Cazador de Respuestas te enseñaré algo que te será muy útil. (Dijo Daniel enseñador)

Caminaron juntos hasta la plaza del pueblo y entraron en un edificio con un gran cartel encima de la puerta que ponía;
“BIBLIOTECA PÚBLICA”

Allí perfectamente colocados en estantes había miles de objetos desconocidos para Doramas Cazador de Respuestas. Los había de todos los tamaños y colores. Nuevos y viejos, abiertos y cerrados.

- Son libros y en ellos están todas las respuestas. Dijo Daniel Enseñador, mientras tomaba uno en sus manos. Este por ejemplo es una enciclopedia y si buscamos en la –S- encontraremos la respuesta a la pregunta que te ha traído hasta Pueblosaberes. Mira:

Solsticio:
Solsticio es un término astronómico relacionado con la posición del Sol en el ecuador celeste. El nombre proviene del latín solstitium (sol sistere o sol quieto).
Los solsticios son aquellos momentos del año en los que el Sol alcanza su máxima posición meridional o boreal. En el solsticio de verano del hemisferio Norte el Sol alcanza el cenit al mediodía sobre el Trópico de Cáncer y en el solsticio de invierno alcanza el cenit al mediodía sobre el Trópico de Capricornio. Las fechas del solsticio de invierno y del solsticio de verano están cambiadas para ambos hemisferios.
A lo largo del año la posición del Sol visto desde la Tierra se mueve hacia el Norte y el Sur. Los solsticios son los momentos del año en los que la posición del Sol sobre la esfera celeste alcanza sus posiciones más boreales o australes. Los solsticios son los dos puntos de la esfera celeste en la que el Sol alcanza su máxima declinación norte (+23º 27’) y su máxima declinación sur (-23º 27’) con respecto al ecuador celeste.
La existencia de los solsticios está provocada por la inclinación axial del eje de la Tierra. En los solsticios la longitud del día y la altura del Sol al mediodía son máximas (en el solsticio de verano) y mínimas (en el solsticio de invierno) comparadas con cualquier otro día del año. En la mayoría de las culturas antiguas se celebraban festivales conmemorativos de los solsticios.
Las fechas de los solsticios son idénticas al paso astronómico de la primavera al verano y del otoño al invierno.

Doramas Cazador de Respuestas volvió a Vallebajo y con él llevó cientos de libros.
Desde entonces las cosas han cambiado bastante en Vallebajo. Las vecinas y los vecinos eligen su profesión y deciden el tiempo que dedican al trabajo. Ya no tienen que vivir pendientes de los pasos del sol o de la luna. La cañada del mediodía es un gran parque donde juegan los niños y las niñas. La Montaña del Secreto alberga la biblioteca pública. Y ya no hay cazador de respuestas, cada vallebájense busca sus respuestas en los libros. Doramas Cazador de Respuestas es desde entonces Doramas Bibliotecario.

Y con éste y otros cuentos… mil palabras en un cesto.

2009/01/11 Publicado por atiarcar | Barranco | | Aún no hay comentarios

LA PUERTA DE LA ISLA

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Una extraña sensación recorrió todo su cuerpo. Por primera vez en mucho tiempo se sentía bien, se había liberado de buena parte de aquellos pensamientos que durante meses le habían ido corroyendo. Ya no sentía que el mundo se le caía encima y la realidad era que su mundo y su vida, se derrumbaban.
Ella acaba de admitir que su tiempo y su corazón pertenecían a otra persona, una evidencia que él durante mucho tiempo se había negado a reconocer. Siempre pensó que la fidelidad era un estado voluntario de la persona, una actitud mental y física que en ningún caso requería la participación de dos, por ello le bastaba con saberse fiel, con no tener la certitud de que ella no le correspondía, quizás fue esto lo que impidió el drama, en realidad no tenía sentimientos de propiedad ni tan siquiera creyó que le fuese infiel, en todo caso los sentimientos de ella habían cambiado, se había hartado de él o sencillamente quiso volar y voló.
- No quiero llegar a los cuarenta sin haber vivido. Argumentó ella, a él le pareció una justificación demasiado manida, prefirió pensar que ella había encontrado algo que ya había desaparecido entre ellos o algo que nunca existió, aún hoy se empeña en comprenderla, y es que a pesar de todo él desea continuar sintiéndola como en aquel tiempo en el que sus cuerpos se unían con solo una mirada.
Por mucho que lo intentó no pudo llorar, abrazado a los niños solo pudo suplicarles amor, necesitaba ser amado, en ese momento solo temía a la soledad, siempre temió la soledad y el silencio. Los niños asintieron con la cabeza lo que le dio a entender que podía contar con su amor y su ruido, sinfonía de colores que ponía el broche sonoro a la última noche de un milenio y el primer amanecer de otro.

¿Por qué?
…el agua cae, (te moja)
corre, (me empuja)
se estanca, (te consuela)
se evapora, (me lleva)
cae de nuevo, (a veces se hiela)
¿Cuándo?
…pasado, (imperfecto)
presente, (……….)
futuro, (indefinido)
¿Cómo?
…corriendo, (caminos de polvo)
riendo, (piel a piel)
soñando, (mares de estrellas)
amando, (hasta el infinito)
llorando, (lagrimas secas)
¿Dónde?
…en la mar, (fría)
en el volcán, (cálido)
en una casita blanca, (de papel)
¿Qué?
…la vida, (dos, una y una)
el amor, (golpeado)
¿Quién?
…ellos, (dos)
tú, (una)
yo, (uno)

Un viernes del mes de julio

Mauro Cassas y Silvana Dalmau fueron presentados por Saulo Olivert, amigo común, Mauro y Saulo compartían por entonces militancia en el Partido Comunista, Silvana por su parte formaba parte de la comisión de fiestas de Santa Ana, en la que colaboraba Saulo. Mientras Mauro y Saulo se empeñaban en cambiar el mundo, Silvana, por entonces, se empeñaba en hacerlo más llevadero.
Para el viernes se había organizado la verbena que dada comienzo a un fin de semana de actos culturales, pasacalles, verbenas, misas y procesiones en el Barrio de la Luz, hacía años que la fiesta se celebraba la primera semana de julio sin hacerla coincidir con la onomástica de la santa el día veintiséis, evitando la fuga de los vecinos a los pueblos que festejaban a Santiago el veinticinco del mismo mes. Si cuento esto es porque de haberse celebrado la fiesta en la fecha correspondiente Mauro Cassas quizás no hubiese conocido nunca a Silvana Dalmau.
Con apenas veintiún años Mauro no dejaba pasar una fiesta, y a pesar de su militancia atea, escogía en el santoral por orden de importancia del Santo o Santa en cuestión, teniendo como fijas las festividades de Ntra. Señora, no en vano antes de afiliarse al Partido fue monaguillo y casi seminarista, aunque a estas alturas se limitaba a las verbenas y cuando la causa lo requería algún acto cultural. Había ido a la verbena del Barrio de la Luz y no a la fiesta de Santa Ana, decía para autojustificarse, aunque nadie le pedía explicaciones él las daba y de esta forma comenzaba el discurso en pro de las fiestas populares y la necesidad de arrebatarle el protagonismo al clero y sus acólitos siempre vinculados a la derecha capitalista y burguesa. Luego venia un largo peregrinar por las necesidades básicas del barrio y un largo listado de penurias que tenían los barrios obreros, abandonados a causa de una mala planificación y un injusto reparto de la riqueza. Un discurso que solía cansar hasta al propio Santo en fiestas, largas letanías que en más de una ocasión fueron la causa de encontrarse abandonado en la barra de cualquier bar o caseta de feria a altas horas de la madrugada con la sola compañía de un cubalibre.

…Cuanto tiempo de silencio
Cuanto espacio sin llenar.
Ya los arbustos florecen
Y el cielo esta azul.
Ya cantan los niños por los patios
Ya saltan, ya corren,
ya son ellos otra vez.
Se acabó el invierno
Y sin embargo sigue lloviendo
Y sigue el mal tiempo
Aún yo estoy de invierno.
…Cuanto tiempo de silencio
Cuanto espacio sin llenar.
Las sonrisas brotan desde dentro
La mar esta de fiesta.
Vuelven las estrellas a brillar
Vuelven a ser de colores nuevos.
Se acabó el represivo sueño
Y sin embargo hay oscuridad
Y tristeza, y desesperación.
Aún yo estoy de sueño.
…Cuanto tiempo de silencio
Cuanto espacio sin llenar.
Yo quiero cantar
Y acabar con el invierno.
Yo quiero ser niño arbusto
Y quiero ser farola.
Quiero,
como la mar estar de fiesta.
Ay madre si pudiera…

Era entonces cuando solía surgir algún lamento, algún grito de desesperación…

Silvana subía una calle empinada que llevaba hasta un garaje que servía de tasca improvisada. Frente a frente con la azotea del salón sociocultural que hacía de plaza, al aprovecharse el desnivel de las calles. Mauro y Saulo apoyados junto a la puerta de la tasca conversaban calurosamente sin percatarse de que la joven se les acercaba mientras esbozaba una sonrisa.
- Buenas noches Saulo, ¡Qué! ¿Haciendo relaciones públicas, emborrachándote, o escaseándote del trabajo en la taquilla?
- ¡Hola! Silvana, pues de todo un poco. Mira te presento a un amigo, Mauro, ha venido a la fiesta y esta solo, aprovecha.
- ¿Qué tal?, Conque amigo de este cafre…
- Hola, bueno…aaamigo….
Silvana estaba radiante, vestida para la ocasión lucía un vestido de raso blanco estampado con líneas de colores, al acercarse Mauro creyó contemplar el arco iris, y no era para menos, a la delgada figura de Silvana le acompañaba un brillo en el rostro que competía en luminosidad con las luces de la plaza, la juventud de Mauro Cassas hacía que se sintiese atraído por cualquiera que llevase faldas, pero en esta ocasión sus hormonas iniciaban un juego diferente, tanto que la visión de Silvana había conseguido apagar todo su verbo.
Un sudor frío recorrió todo su cuerpo al tiempo que era incapaz de articular palabra. Hubiese querido explicar algunas cosas acerca de su relación con Saulo, sin embargo apenas podía respirar, no sin dificultad, cuanto menos hilar el más mínimo argumento con algo de coherencia. La atracción que sentía hacia Silvana era demasiado fuerte como para regalar un minuto más de su tiempo a un discurso inútil.
Al tiempo que daba dos besos en la mejilla a la joven, cogía sus manos y las apretaba, estaban frías y le resultaron sumamente delgadas, tanto que tuvo la impresión de que si las seguía apretando se le iban a romper entre sus dedos, era su primer contacto físico con Silvana y ya temió hacerle daño. La noche se fue llenando con miradas y leves caricias entre boleros y rancheras, entre tangos y baladas, sus cuerpos llegada la madrugada sentían algo más que una pura atracción física. Se despidieron con beso en la mejilla y un prometedor hasta mañana.
Y el viernes dio paso al sábado y este al domingo hasta agotar dos intensos meses, el resto del verano sirvió para confirmar lo que desde un primer momento parecía inevitable, Mauro ya no estaba solo, ya no estaba de invierno.

Un lunes del mes de enero

Los recuerdos se agolpan uno tras otro en su cabeza, han pasado trece años. Mauro Cassas ha recorrido un largo camino de la mano de Silvana Dalmau y el tiempo parece haber corrido en su contra, los últimos meses han deambulado bajo el mismo techo como dos desconocidos, ahora el amor ha dado paso a algo peor que el odio, ahora solo indiferencia y rencor puede hallarse en entre los trozos de dos vidas golpeadas.
Y sólo el recuerdo del amor hace permanecer a Mauro al lado de Silvana, reproches siempre hubieron, hubieron lágrimas y risas, juntos se enfrentaron al mundo, de su amor nacieron una niña y un niño, seres anónimos aunque no ajenos en esta ofensiva que sus padres han iniciado contra los duendes del amor.
Asomado a la ventana de su casa Mauro observa como la calle se llena de hombres y mujeres que rematan la celebración del primer día de un nuevo milenio, cuerpos cansados recorriendo un viejo camino en un mundo nuevo, caras que manifiestan cansancio no sin dejar de regalar miles de sonrisas al viento. Casi había dejado de sentir el frío de la mañana, en un momento paso de un absoluto estado de depresión a la euforia propia de aquellas fiestas que todo el mundo paresia celebrar, quiso entonces descorchar aquella botella de cava que esperaba en la nevera a que alguien se decidiera a liberar el burbujeante líquido, prisionero desde hacía ya mucho tiempo. Para Mauro Cassas, dejar caer un buen chorro de cava sobre la moqueta suponía el primer acto de rebeldía, el también esperaba el momento en que alguien abriese la botella en la que había estado tantos años. Era un deseo secreto del que se avergonzaba, el chorro de cava cayendo hacia el suelo le mostraba sentimientos de culpabilidad que jamás había sentido, volviendo de inmediato al estado depresivo con que había comenzado el día.
Encendió un cigarrillo que le sirvió para encender varios más, abandonó la copa ya vacía sobre un sillón y regreso a la ventana, para entonces no quedaba nadie en la calle, tan sólo un viejo con aspecto de haber perdido el barco, de haber pasado por el mundo sin que nada ni nadie le hubiera dejado buen sabor de boca. Se vio reflejado en aquella vieja imagen de fracaso.
El viejo estornudaba compulsivamente, venas repletas de ron de melaza y pulmones ocupados por una rancia mezcla de alquitrán y nicotina. Rasurado de emergencia en la noche anterior varias capas de grasienta brillantina peinando a medio lado, una vieja camisa con el cuello desgastado, una camisa que hace años debió ser blanca, el abrigo de un escrupuloso azul marino disimulaba el tiempo a duras penas, era largo, lo suficiente para ocultar un pantalón oscuro de hilo que media su tiempo por arrugas.
Una vez más era su imagen. A la depresión se sumó la angustia, el pánico a perder el barco. Regresar al invierno a destiempo le aterraba y la liberación que había sentido horas antes se convertía en sentencia de prisión perpepetua, no quería llorar y sin embargo el rostro de Mauro formaba dos cascadas, una por el tiempo pasado y la otra por el que ha de venir.

Otro lunes del mes de enero

Ha pasado un año Mauro y Silvana recorren dos mares diferentes, sin posibilidad de que sus aguas se encuentren de nuevo en alguna playa. Silvana es feliz con su nuevo destino, Mauro no disimula su amargura a pesar de haber conseguido no parecerse a aquel viejo que paseaba su derrota bajo su ventana.
A Mauro aún le quedan al menos dos razones para seguir buscando su sueño, para completarlo, pues: “Razones son amores y no buenas intenciones”.
Mañana celebra otra entrada de año y lo que más le importa estará en su regazo oyendo las doce campanadas, dándole todo lo que Silvana quiso arrebatarle y el tiempo se niega a negarle; el cariño de ellos, fruto de un amor que lo fue.

Ha florecido el almendro
Prematuro
Sin darle tiempo al Sol
Ajardinando los caminos
Dándole color, al dolor
Prematuro
Ha florecido el almendro
De nuevo no es invierno.

Último día

Dibujas en el viento.
Una palabra.
Una sonrisa.
En,
(días de vino y rosas)
días de lluvia y de sol.
Caminas sobre alambres.
Por caminos de agua y tierra.
Un alto par conversar
Y encuentras una sonrisa.

Algunas nubes ocultan un sol radiante, un sol bajo, de invierno. Mauro siempre dado a imaginar, imaginaba un cielo claro lleno de luz un cielo ideal que nunca estaba cuando sus ojos se lo jugaban todo para encontrar una respuesta más allá del suelo que pisaba.
Una tontería más y acabaría con todos sus sueños, el tiempo pasaba y ya confundía sus deseos con la certeza, con la realidad de su un mundo hostil enfrentado a miles de emociones reprimidas, escondidas en el arca del olvido. Con pasos inseguros se acercaba una vez más al acantilado buscando la puerta de la isla, el camino menos peligroso no el más seguro.

2008/12/26 Publicado por atiarcar | Barranco | | Aún no hay comentarios

Una tabla mal clavada

Déniz 2008

Déniz 2008

Aquella mañana amanecía, como casi todos los días. El sol se dejaba ver tras los edificios de la ciudad baja y luego iba ascendiendo hasta llegar a las casas que cubrían los riscos.
En el patio delantero el sol atravesaba las rendijas de las planchas de zinc que formaban el toldo. Justo en el momento que los helechos de metro extendían sus ramas sobre las sábanas tendidas, la liña cedía hasta dejar caer la pesada carga sobre el empedrado. Me despertaron los gritos de enfado de Inés.

- Te lo dije… Te lo vengo pidiendo hace semanas. ¡Ay Domingo! Sólo te acuerdas de lo tuyo. La casa se cae al suelo y para tí el único problema son las grietas del bote.

Sus lamentos se los llevaba el viento.
Domingo, el marido de Inés, hacia horas que se había marchado hasta San Cristóbal.
Los sábados de regata, con viento o sin él, nada le impedía ir a trastear en el bote. Hacia ocho años que no salía a la mar, desde que “La Niña del Risco” trabucara cuando viraba en Piedra Santa y él dejara un brazo entre las tablas del bote y las rocas de la Marfea.

Un diecisiete de octubre de mil novecientos treintaidós llegaba al puerto de Las Palmas.
Regresaba junto con una veintena de emigrantes más que volvían de la otrora próspera isla de Cuba. Agustín había marchado veinte años atrás, y ahora le tocaba volver. Como tantos otros, con una mano delante y otra detrás. Tal como se había marchado.
En el Acebuchal la expectación era casi tan alta como cuando esperaban años atrás la llegada del padre Antonio Maria Claret, quien después fuera santo, y que en sus andanzas evangelizadoras por las islas, pasó por el pueblo con el provecho de los actores de teatrillos ambulantes. Un par de días de protagonismo. Una despedida y… el olvido.
Esta vez era diferente.
Agustín volvía para casarse con su prima Rosario y todos esperaban recibir a un rico indiano.

Poco después de su llegaba, y en vísperas de boda, era “vox populi” que no tenía un real más allá de la herencia de la abuela Rosario. Herencia que por suerte no había que repartir. Agustín y Rosario, eran los únicos depositarios de la supuesta fortuna, guardada celosamente por la vieja avara en una caja de tea, y de la hacienda más fértil de la comarca.

La boda no estuvo exenta de celebraciones a pesar del luto familiar por la muerte de la vieja Mirra dos días antes de la boda.
La vieja Mirra, la abuela Rosario, era la mayor hacendada del lugar. Una señora decimonónica, matriarca de lugareños, beata, tacaña y viuda desde muy joven.
Sus dos únicos hijos dejaron también una menguada descendencia, Agustín hijo de José y Rosario hija de Manuel, ambos muertos a tan temprana edad como su padre, afectados por la tuberculosis, o al menos eso pronosticó el médico Don Juan, el viejo borracho que sólo acertaba cuando diagnosticaba una muerte inminente. Únicamente Agustín y Rosario, con sus madres muertas en vida, quedaban a la saga de los Mirros.
La extraña relación de las tres viudas habría escandalizado las conciencias de los puros de espíritu y de los que habían dejado de serlo.

Cha Rosario y sus nueras, viudas en su más tierna juventud, habían encontrado remedio a sus más bajas pasiones sin salir de las cuatro paredes de sus aposentos o en cualquier rincón de la hacienda. Hora en el pajar hora bajo los ciruelos italianos de la huerta.
Su mayor secreto era compartido con el cura confesor, quien lo guardaba, no por el obligado secreto de confesión. Lo guardaba porque la pícara vieja lo había hecho partícipe en alguna que otra sesión de remedio corporal.
Sin embargo, Cha Rosario debe su fama a una supuesta fortuna, pregonada durante años.

– Si no tengo más de “mil-riales” que muerta me caiga. (Decía cuando era interpelada por sus dineros)

Y fue a morir dos días antes de la boda de sus nietos.
Cuando su martrecho cuerpo soportaba algo más de una centuria.
Murió y, como era costumbre del lugar, fue conducida al cementerio parroquial en la caja común, un viejo ataúd que desde hacía más de cincuenta años servía para conducir a los muertos desde la casa mortuoria hasta el camposanto.
La vieja Mirra fue velada en la pequeña ermita de la hacienda. Llegado el mediodía de aquel jueves maldito, era conducida al cementerio de Las Lagunetas cuando las carcomidas tablas del ataúd cedieron, y el cuerpo amortajado de la difunta rodó ladera abajo por el Camino de la Mina.
La evidencia de la ruina económica de los Mirros se hizo evidente ante los ojos de todo los parriocanos que acompañaron a Cha Rosario hasta su última morada.
Casi todos los presentes lo estaban más por el interés de dejar a la vieja bajo tierra que por el afecto debido.

Tan pronto dieron por terminado el acostumbrado ritual de dar cristiana sepultura al cuerpo sin alma de un miembro de la comunidad, todos, y en silencio, partieron hacia el caserío.
Los hombres, camino del cafetín, y las mujeres a acompañar, en este caso a la última mujer viva de la estirpe, a su madre y a su futura suegra.
El chisme no tardó en correr por todo el pueblo desde el Lomito hasta la Piedra el Sao. Desde el Molino hasta Las Pitas todos supieron de inmediato de la ruina de los Mirros.

La boda con festejos trascurrió como de costumbre. Tras la ceremonia religiosa en la ermita, los bailes de taifa en el patio de la hacienda.
A pesar del descubrimiento de la ruina económica de la familia no faltó a los fastos ni uno sólo de los lugareños. Al fin y al cabo el comer, beber y bailar de balde nunca es desdeñable.

El lunes volvía la rutina, en cuatro días la única labor realizada en el lugar había consistido en el cuidado de los animales.
Los hombres se apresuraban en poner al día los cultivos, mientras las mujeres se agolpaban en el lavadero.
Aquel lunes resultó ser una de las más largas jornadas de colada comunitaria, hasta el punto que la tarde se convirtió en una larga cadena de disputas domésticas. A cuenta del rancho diario, en escasos hogares estuvo la mesa puesta a la hora de costumbre.
Las mujeres de El Acebuchal habían debatido hasta la saciedad todos las aristas de aquella peculiar familia que ocupaba la atención.
Odiados y envidiados, los Mirros eran los mayores terratenientes, dueños de la tierra, del agua y del molino. Casi todas las familias dependían de una forma u otra de los caprichos de la vieja.
Y la vieja había muerto.

La pareja formada por los dos primos no parecía, a priori, la peor de las opciones a vista de los vecinos.
Todos temían la boda de Rosario con Agustín cuando suponían cierta la fortuna de Cha Rosario. Conocida, por aceptación del presagio, la ruina de los Mirros, nada hacía temer aquella unión. Al fin y al cabo casándose entre ellos sólo se arruinaba una familia.

Lunes de faena para todos menos para la recién pareja.
Ajenos a las murmuraciones del vecindario, se empeñaron en llevar a delante las costumbres y pasaron tres días sin salir de tálamo nupcial.
Agustín con la experiencia de dos décadas arrugando faldas bajo el sol del Caribe frente a Rosario, con la inocencia acumulada durante cerca de cuatro décadas de costura y catecismo.

Agustín, más aburrido que cansado, una vez pasaron los días de la luna de miel buscó alivio entre las exuberantes caderas de Carmita, la hija de Martín, recordada, o al menos conocida, incluso entre los emigrados a Cuba.

Mientras tanto Rosario compartía sus penas con su madre y su suegra, quienes formaban la más discreta de las parejas conocidas. Fueron las que acercaron a Rosario a un mundo en el que el hombre sólo era útil para las labores de caza y recolección.
Agustín era ajeno a los acontecimientos dentro de la hacienda. Otros quebrantos ocupaban casi todo su tiempo, además de cumplir casi a diario con Carmita debía ocuparse de ir pagando las deudas de la vieja.

Pasados nueve meses desde la boda nacía Domingo, fruto de la única vez que los dos primos habían consumado el matrimonio. De este hecho dio fe la madre de Rosario ante la comadrona cuando afirmó:

- Una flaqueza. No respetaron la memoria de la difunta para luego arrepentirse.
- ¿Arrepentirse de qué?, ¡un varón sano y hermoso! ¿De qué?, increpó la comadrona.
- De hacer posible la continuidad de una estirpe que merece desaparecer ¡Una sola vez y otra tabla mal clavada!

Era difícil comprender aquellas palabras pero encerraban el anhelo de unas mujeres convencidas de que aquella familia debía extinguirse.
Domingo fue criado por tres mujeres, dos abuelas y una madre.
Su padre era un fantasma que apenas aparecía por la casa para llevar la leche del ganado.

Agustín, murió en extrañas circunstancias.
Una mañana apareció colgado de una higuera cerca del pajar de Martín. Domingo se hizo cargo de las vacas hasta el día en el que un municipal le llevó hasta la hacienda un requerimiento para entrar a filas.
Dos meses después embarcaba rumbo a Ceuta para cumplir el servicio militar. Dos días en el correo que unía la isla con Cádiz y medio más para cruzar el Estrecho.
Veinticuatro meses sin tener noticias de las tres mujeres.
La frialdad de sus relaciones no le habían empujado a escribir una sola carta.
El regreso fue complicado, pues debió pasar una semana en el puerto de Cádiz antes de retornar a la isla. Sin dinero y apenas con fuerzas, salió un martes por la noche en el León y Castillo rumbo a Las Palmas.
Llego el jueves al amanecer a una ciudad que desconocía.Era la tercera vez que la visitaba. Antes de ir a la mili, solo había bajado a Las Palmas en una ocasión. La segunda para incorporarse al ejército nacional y la primera con motivo de la visita a la isla del Generalísimo. Se hizo posible gracias a los coches que el alcalde de la Vega, un antiguo falangista, puso a disposición de los vecinos que desearan mostrar su gratitud al salvador de la fe y de la unidad nacional.

Esa fue la idea.
Sólo que los lugareños aprovecharon el convite para disfrutar de los placeres que se podían encontrar entre la calle de Canalejas y la llamada de las Chapas.
Domingo,perdió su virginidad con ocasión de tan excelentísima visita, lo que se quiera, o no, marca.
Vaya que si marca.

El regreso de filas le convertía en hombre adulto, eso sí, sin un duro en los bolsillos.
Mientras el barco atracaba en el muelle del Generalísimo, se apercibió de lo cerca que estaba de la mar y lo mucho que la desconocía.
Se hizo el firme propósito de regresar para contemplar como las olas batían con toda su fuerza contra el casco de los barcos. Algo que le había fascinado.

El recibimiento en su caso fue todo lo distante que fue el adiós, en estos dos años habían muerto sus abuelas y su madre se encontraba sumida en una profunda locura. No paraba de propinarse las más variadas lesiones en sus partes íntimas, convencida de que era depositaria de un mal que atraía a las mujeres al pecado, mientras ahuyentaba a los hombres.
Loca o no, su soledad era mitigada por la compañía de las viudas y solteras del pueblo que solicitaban con verdadero anhelo sus afectos.
No tardó Domingo en tomar la decisión de abandonar la casa, y aquella hacienda que no daba más que trabajos y miserias. Hacia su madre sólo tenía sentimientos amargos, con lo que salir de El Acebuchal era lo mejor.

Cincuenta duros de ahorros, un queso, una cabra machorra, dos camisas y un par de zapatos herrados eran todo su equipaje.
Se acercó a su madre y le dio los únicos besos que le diera en su vida, lo que propició una retahíla de juramentos que salían de la boca de la mujer alterada de manera extrema.

Aquella misma noche llegaba a la ciudad en el pirata de Simón, como único pasajero.
Era el día de la semana en el que Simón hacia noche en Las Palmas con la justificación de bajar por la tarde y subir la mañana siguiente a Don Paco, un hacendado de la Vega, que todas las semanas pasaba una noche en la capital disfrutando de los mas variados placeres que sus rentas podían permitirle.
Simón, fiel a la costumbre bajó a la ciudad, sólo que esta vez, Don Paco no apareció a la cita y en su lugar Domingo, quien ofreció dos duros por el viaje.
Simón había adquirido los vicios de Don Paco, y dos duros eran más que suficiente razón para no dejar de acudir al encuentro semanal en una casa de citas que se encontraba en un callejón tras la iglesia del Risco.
Dejó Simón el coche, un viejo Ford, en la cochera del Terrero, y acompañó a Domingo hasta una pensión que había en la Alameda.
Llegados al lugar, ambos descubrieron que aquello que Simón llamaba pensión, era un hotel.
Y supieron ambos que a un hotel no se podía entrar con alpargatas y mucho menos con una cabra.

- Vamos Domingo, que yo te consigo posada, así sea en casa limpia o en casa por limpiar. Sentenció Simón.
Ambos tomaron rumbo al risco.
Con las relaciones de Simón y los capitales de Domingo la cuestión del hospedaje estaba solucionada.
No tardó el propietario del pirata en negociar un techo para su pasajero. Ofreció la cabra de Domingo a cambio de un mes de hospedaje en la casa de lenocinio frecuentada desde hacía años por Simón.
Pasados unos días Domingo ya trabajaba en una finca de la Vega de San José.
No tardó en trabar amistad con Inés la hija menor de la dueña de la casa, una andaluza viuda de un militar destacado en el regimiento de artillería.
El militar murió durante la Guerra Civil en una reyerta en la cantina del cuartel con un soldado que alardeaba con los quintos de tener tratos carnales con la mujer de cabo.
La mujer andaluza, nunca fue infiel al cabo. Ni tan siquiera después de la muerte de éste. Siempre se limitó a ser intermediaria entre las necesidades carnales de unos y las económicas de otras.
Por ello no tardó en poner sobre aviso a Domingo.

- Si vienes con buenas intenciones estas tardando en hablar con el cura, de lo contrario no estoy dispuesta a que por tu culpa mi Inés se ponga en la calle.

La advertencia de la mujer andaluza precipitó una amistad hacia una boda.
El veintiséis de julio, día de Santa Ana, contraían matrimonio Inés y Domingo en la iglesia de San Nicolás.
De su matrimonio nacerían cinco hijos, sanos.

Para Domingo el tiempo transcurría entre la finca y la afición a las regatas de Vela Latina que se realizaban los sábados en la bahía de Las Palmas.
Su sueño era salir a navegar, y la oportunidad se la dio Don Eusebio, un ebanista del Risco que se ganaba la vida haciendo ataúdes, y reparando botes de vela.
Don Eusebio, era socio de la una peña propietaria de “la Niña del Risco”, un bote que acostumbraba a entrar el último por las boyas de la meta del castillo de San Cristóbal, cada vez que participaba en una regata.
Ofreció Don Eusebio a Domingo la posibilidad de salir a la mar sólo a condición de que transportara los ataúdes que él construía hasta la funeraria de la calle San Justo. Un trabajo que nadie del barrio quería realizar.
El primer sábado que Domingo salió a la mar la Niña de Risco ganó la primera pega de su historia, lo que le convirtió en un héroe en el barrio.
Pronto dejó la finca y entró de ayudante aprendiz con Don Eusebio en la ebanistería.
Una cosa dio paso a la otra y pasado el tiempo, no mucho, se convertía en dueño de la ebanistería.
Sus manos eran capaces de construir los mejores ataúdes, los más vistosos, los mejor acabados.
El olor a madera tallada y el olor de las olas eran su vida.
De sus hijos se encargaba la abuela de estos. Inés cosía para la calle, mientras él dedicaba todo su tiempo a la ebanistería y la vela.
Amasó el capital suficiente para poder comprar una casa terrera en lo alto del Risco de San Lázaro, justo frente al Castillo.
Allí se trasladó toda la familia, incluida la mujer andaluza, quien hacia tiempo había cambiado el oficio de madame por el de niñera de los nietos.
Ambas mujeres, alejadas de aquel mundo de la parte baja del Risco, comenzaron a sentir la soledad en sus carnes y buscaron alivio con algunas señoras de las mejores familias de la ciudad.
El declive profesional de Domingo y su ruina familiar comenzaron el día de San Juan.
La tarde anterior a la del santo, Domingo supo de las costumbres de su mujer cuando entregaba un encargo en una casa.
Un rico comerciante de la calle San Marcos le había encargado un ataúd, una vez entregado el mismo se dispuso a cobrarlo ante lo que le comerciante se negó.

- No te lo pago Domingo, esta caja es para mi mujer, a quien desposé virgen y pura. Me dio una hija y muchas alegrías. Hoy pasa las tardes con tu suegra y tu mujer pecando ante Dios y dejándose llevar por instintos antinaturales.

Domingo no comprendía nada, se encontró con una puerta cerrada y se volvió al Risco con la cabeza baja, al llegar a su casa interpelo a Inés y a la mujer andaluza. No halló respuesta. Sólo las sabanas de su alcoba guardaban el secreto.
Aquella noche el comerciante atormentado de la calle San Marcos acababa con la vida a su mujer.

El día de San Juan, mientras la difunta era trasladada hasta el cementerio de Las Palmas, Domingo participaba en una regata con “la Niña del Risco”.
El entierro transcurría con la normalidad que pueden llegar a tener este tipo de acontecimientos, si no fuera por lo que sucedió. El cortejo fúnebre que había salido de la iglesia de Santo Domingo se vio sorprendido al llegar al final de la calle Reyes Católicos cuando el ataúd se quebraba por la mitad dejando caer a la difunta al suelo.
A un tiempo el bote de los del risco viraba a la altura de Piedra Santa, con tan mala ventura de llevar la proa hasta unas las rocas del arrecife.
El bote trabucó lanzando a Domingo fuera del bote.
Domingo, que en tanto tiempo de mar había sido incapaz de aprender a nadar, fue arrastrado por la corriente hasta la Marfea. Un golpe con las rocas le produjo lesiones en un brazo que llevó a los cirujanos de la Casa del Marino a amputar el miembro.

Inés al borde de la cama donde yacía el paciente pidió a la virgen del Rosario salvara la vida a su hombre.
Y Domingo le rogó a ella que nunca le abandonara, que dejara de visitar a aquellas señoras de la ciudad. Le pidió ser él quien arrugase las sábanas de su cama.
El bote quedó casi destruido. Domingo no pudo volver a trabajar y dedicó su vida a intentar remendarlo con su única mano.

Dos ideas le obsesionaban.
Ver esconderse el sol sin tener que esconderse él y asegurarse que nunca más habría en su vida una tabla mal clavada.

Yo abandoné la isla hace tiempo, no supe nada de Domingo hasta la pasada semana cuando una noticia del periódico daba cuenta de un extraño suceso acaecido en Las Palmas.

Las Palmas de Gran Canaria. Agencias
Ayer las personas que se encontraban en el tanatorio de Las Torres se vieron sorprendidas por el alboroto que se producía en la planta baja del edificio, cuando un difunto, conocido como Domingo, caía al suelo al ceder las maderas del ataúd en el momento que era levantado por familiares y amigos.

2008/12/17 Publicado por atiarcar | Barranco | | Aún no hay comentarios

Jacinto

Déniz 2008

Déniz 2008

Era Jacinto hombre de talle grande, un hombre hecho para trabajar el campo, lo cual no quita para que desde tempana edad cosechara fama de gandul.

Con siete años recién cumplidos, fue por primera y última vez a la escuela, y las primeras palabras de la maestra le cayeron como un jarro de agua fría:

- Buenos días mis queridos niños, estamos de enhorabuena hoy. Comenzamos un nuevo curso y además este año nos acompaña Jacinto, que finalmente, ha aceptado estar con nosotros. Vosotros ya conocéis las primeras letras y a él le espera un duro trabajo para ponerse a vuestra altura. Es por ello que os solicito vuestra colaboración, la cual será felizmente recompensada. A Jacinto darle la bienvenida e indicarle que el camino está lleno de obstáculos que con tesón, esfuerzo y mucho trabajo serán salvados sin dificultad.

Todo esto lo recitó Doña Pilar casi sin tomar aliento. Lo que asustó más a Jacinto que el contenido del discurso, pues lo único que alcanzó a comprender fue lo del esfuerzo y el trabajo.

Jacinto se levantó y mientras apretaba el cordel que hacia de cinturón pronunció su particular alegato:

- Yo creo que esto de la escuela no es para mí y para quitarme de lios me voy para el barranco. Que mi madre me dijo que si no me gustaba que me fuera con tío Antonio.

Y sin más salio de la escuela como alma que lleva el diablo.

Paso algún tiempo trasteando con tío Antonio en el molino hasta el día que éste le dijo que para remover la tostadera sobraban brazos. Que los suyos ya estaban preparados para cargar la molina y apilar el rollón y el gofio.

Ya no volvió al día siguiente y comenzó a frecuentar el cafetín de Paco.

Allí hizo amistad con Genaro, un antiguo feriante cuya única ocupación era la de sepulturero.

Genaro le contaba historias de sus correrías por las fiestas y ferias de todas las islas. Le hizo ver que el mejor trabajo de un hombre era el de enterrador, a fin de cuentas no morían más de seis vecinos al año y el cementerio lo limpiaban las mujeres de la parroquia.

Con las perras que le daba el cura y cuatro recados más, tenía asegurado el pan y el vino.

Fue tan fuerte la amistad que contrajo, que se convirtió en la mano derecha de Genaro, hasta el punto de convertirse en el favorito para sustituirle cuando éste faltara.

Lo que no tardó en suceder.

Un viernes después una partida de envite, Genaro se encaminó al cementerio para dormir la borrachera.

No llegó por propio pie pues al saltar la acequia de la cumbre cayó por el precipicio y fue a dar con la cabeza en una tosca que diseminó todas sus ideas ladera abajo.

Jacinto con apenas quince años fue el encargado del enterramiento.

El primero y el último porque se dio cuenta de que no solo había que enterrar al difunto sino abrir la fosa. Esto le llevó casi tres horas y aquellas costillas poco acostumbradas a doblarse no pudieron resistirlo, de modo que pasó una semana sin levantarse de la cama.

La madre, viuda desde hacía diez años, no daba crédito.

Ella le había permitido vagar por considerarlo niño, pero ya llevaba pantalón largo y creía que era hora de buscarle empleo, y vista la reacción del muchacho, después de unas horas tirando del pico y la pala, se temía lo peor.

No se equivocaba.

Pocos días después Jacinto hizo saber a su madre que él no había nacido para el trabajo, que a fin de cuentas para una hogaza de pan y un vaso de vino siempre había una beata dispuesta a dar limosna.

Y fue como Jacinto inició su carrera como mendicante oficial del pueblo y de otras parroquias vecinas.

Pasó el tiempo y con su madre difunta no le quedó ni tan siquiera un techo bajo el que cobijarse de modo que terminó viviendo en una cueva cercana al molino.

Su vida desde entonces transcurrió en un ir y venir de isla a isla acompañado a los feriantes.

Trabajar lo que se dice trabajar , no trabajaba, hacia algún recado y se apostaba en cualquier esquina para recaudar limosna.

Pasados cincuenta años regresó al pueblo con menos pertenencias de las que poseía el día que se fue.

Su idea acerca del trabajo no había variado un ápice ,sin embargo, debía buscar la forma de salir adelante. Tal vez el puesto de sepulturero estaría vacante.

Al fin y al cabo ahora los enterramientos se hacían en nichos y no era necesario abrir la fosa.

Preguntó a un joven guardia urbano. La respuesta fue contundente.

- De eso se encarga una compañía de la capital.

El pueblo había cambiado y ya no era fácil obtener unos cuartos para pan y vino.

El cafetín de Paco ahora estaba ocupado por una oficina de desarrollo local lo cual lo empeoraba todo, pues los lugareños echaban las partidas de cartas en el local social, donde lo más fuerte que se despachaba era agua con gas.

Habían abierto un bar junto a la plaza, en el que los camareros llevaban delantales a modo de faldas y el vino se servía en las mesas siempre acompañado de buena manduca.

La gente le miraba de reojo y, exceptuando a los más viejos, no reconocía a nadie.

Él era también un desconocido.

La cueva estaba tapada por la maleza y a causa de los últimos inviernos, especialmente lluviosos, parte del techo se había derrumbado.

No quiso entrar, dio media vuelta y se encaminó hacia la acequia de la cumbre.

Retiró el cordel que hacía de cinturón y lo pasó por una de las ramas de la vieja higuera de tío Antonio.

Al rato volteaba por la ladera hasta pararse en las tuneras del barranco.

Cuando hacía lo posible por levantarse, pasó por el camino Lolina, la de Angelito.

¡Qué vieja estaba! Pensó mientras la mujer le preguntaba:

- Jacinto mi niño ¿Qué hace en las tuneras?

- ¡Cállese Lolina! Que me quería ahorcar, me llené de espinas y encima casi me mato.

NOTA: La maestra, Doña Pilar era de origen español oriunda de un pueblo de la meseta, con posible localización entre Despeñaperros y los Pirineos.

2008/12/17 Publicado por atiarcar | Barranco | | Aún no hay comentarios